La sociedad que reacciona

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Hay una escena que se repite con una puntualidad casi ritual en la vida pública dominicana: aparece un problema, aparece detrás (o antes) alguien que promete resolverlo, la sociedad reacciona con indignación o esperanza, y luego, semanas después, todo se disuelve en el olvido. No hay cierre, no hay balance, no hay memoria. Solo el terreno abonado para que la próxima crisis o la próxima promesa vuelva a sembrarse en el mismo surco.


A esto le podemos llamar la sociedad que reacciona: una sociedad que responde a estímulos, pero que rara vez se detiene a preguntarse el origen, la dirección y, sobre todo, la propiedad de esos estímulos. Reacciona, pero no delibera. Se moviliza, pero no analiza. Y en ese vacío de análisis es donde se cuela el negocio más rentable de cualquier estructura de poder: venderse como salvador de un problema que uno mismo ayudó a definir.


El salvador necesita un problema
Ningún grupo se presenta como salvador de la nada. Necesita, primero, construir la amenaza. Y aquí está el mecanismo central que casi nunca se hace explícito: quien tiene poder e influencia suficientes puede fabricar la percepción de que «x» es un problema, no porque «x» amenace efectivamente a la mayoría, sino porque «x» amenaza sus intereses particulares. El problema se disfraza de problema colectivo, se le da ropaje de urgencia nacional, y la sociedad sin herramientas para distinguir el interés propio del interés ajeno disfrazado lo adopta como si fuera suyo.


Esa es la trampa exacta: una sociedad que se siente parte de conflictos que no le pertenecen. Defiende agendas, se indigna por causas, se moviliza por narrativas que, al rastrear su origen, terminan beneficiando casi exclusivamente a quien las instaló en la conversación pública. El ciudadano común termina siendo soldado de una guerra ajena, convencido de que pelea la suya.


El olvido como método, no como accidente
Si algo caracteriza a esta dinámica es la brevedad de la memoria colectiva. El escándalo de hoy sepulta al de ayer; la promesa de mañana borra el incumplimiento de esta semana. Y ese olvido no es simple distracción o cansancio: es funcional. Le permite al mismo actor o a uno con el mismo libreto reaparecer con una nueva versión del mismo discurso salvador, sin que nadie le pida cuentas de la vez anterior.


El olvido, entonces, no es un fallo de la sociedad dominicana; es una condición que ciertos sectores necesitan que exista para poder repetir la fórmula. Una sociedad con memoria larga exige coherencia; una sociedad con memoria corta solo exige espectáculo. Y el espectáculo, a diferencia de la coherencia, se puede fabricar cada vez que haga falta.


Diagnóstico: la ignorancia como puerta de entrada
Aquí está el núcleo de esta radiografía, y conviene decirlo sin adornos: una sociedad que no sabe de qué debe salvarse es una sociedad manipulable por diseño. No es que la manipulación encuentre a un pueblo indefenso por azar; es que la ausencia de conocimiento crítico sobre cómo operan el poder, los medios, los intereses económicos y las estructuras políticas es, precisamente, la condición que hace posible la manipulación.


Cuando una persona no entiende cómo un problema específico la afecta o si en realidad la afecta queda a merced de quien se lo explique primero, más alto y con mayor dramatismo. La pregunta que debería anteceder a cualquier reacción social masiva no es «¿qué está pasando?», sino:


¿A quién beneficia que yo perciba esto como una crisis?
¿Este problema es mío, o me lo prestaron para que lo cargue?
¿Quién se beneficia si yo no investigo más allá del titular?
Sin estas preguntas, la sociedad no delibera: obedece impulsos ajenos disfrazados de convicciones propias.


El ciclo que se repite
El patrón, una vez identificado, es sorprendentemente simple:
Construcción del problema. Un actor con poder identifica una amenaza a sus intereses y la traduce al lenguaje de amenaza colectiva.


Instalación emocional. El problema se difunde con carga emocional miedo, indignación, urgencia porque la emoción viaja más rápido que el análisis.


Aparición del salvador. El mismo actor, o uno aliado, ofrece la solución, casi siempre alineada con sus propios intereses, presentada como interés general.


Reacción social. La sociedad, sin marco de referencia propio, adopta el problema y celebra o exige al salvador.


Olvido. Pasado el pico emocional, el tema se abandona sin resolución ni rendición de cuentas.
Reinicio. El ciclo vuelve a comenzar con una variante del mismo problema o uno completamente nuevo.


Este ciclo no requiere una conspiración organizada ni un único villano: se sostiene solo, alimentado por la falta de pensamiento crítico institucionalizado y por una cultura donde cuestionar la narrativa dominante se percibe como sospechoso, no como saludable.


De la reacción a la comprensión
La salida no es dejar de sentir indignación, ni volverse cínico frente a toda causa colectiva eso sería otra forma de parálisis, igual de conveniente para quienes prefieren una sociedad desmovilizada. La salida es construir criterio propio antes de sumarse al impulso colectivo.

Preguntar el origen de la información, identificar quién financia o promueve determinado relato, distinguir entre un problema estructural real y una cortina de humo diseñada para desviar la atención de otro problema más incómodo para el poder.


Una sociedad dominicana que empiece a exigirse memoria, que empiece a rastrear el interés detrás del discurso, que empiece a preguntarse «¿esto es mío o me lo prestaron?», deja de ser terreno fértil para el salvador de turno. Deja de reaccionar y empieza, apenas, a comprender.


Y la comprensión, a diferencia del impulso, no se puede alquilar ni vender. Es, quizás, la única defensa real frente al engaño estructural: no un líder distinto, sino una sociedad que finalmente sepa de qué y de quién tiene que cuidarse.

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