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El Bocón, el Payaso y el Camaleón

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Hay una curiosa tradición en nuestra política: cada cierto tiempo aparece un nuevo mesías dispuesto a explicarle al pueblo quién es el verdadero pueblo.

Ahora tenemos al Bocón, príncipe de la vulgaridad convertida en espectáculo; al Payaso, artista de la indignación con micrófono; y al Camaleón, eterno administrador de las esperanzas ajenas.

Los tres han descubierto una fórmula extraordinaria: hablar en nombre de los humildes mientras convierten sus desgracias en espectáculo, opinión y, convenientemente, capital político, mediático o económico.

El Bocón ha elevado la vulgaridad a categoría de liderazgo: cuanto más estridente el insulto, más profunda parece ser su conexión con el pueblo.

El Payaso ha perfeccionado la indignación como género artístico: cada tragedia necesita su escándalo, cada escándalo su cámara y cada cámara su dosis de protagonismo.

Y el Camaleón, viejo conocido de estas tierras, simplemente observa y espera su turno para prometer que esta vez sí será distinto.

Lo verdaderamente pintoresco es que parecen haberse convencido de que representar al pueblo consiste en repetir constantemente que ellos son su voz. Como si los ciudadanos hubiesen perdido las cuerdas vocales y necesitaran urgentemente un intermediario con cámara, plataforma y complejo de salvador.

Pero tampoco debemos ser injustos con los camaleones, esa clase política tradicional que lleva décadas perfeccionando el mismo personaje: el humilde servidor del pueblo que milagrosamente se vuelve inaccesible apenas termina la campaña electoral. Ellos, al menos, tienen la cortesía de cambiar el discurso cada cuatro años.

El problema es que los nuevos profetas se presentan como la antítesis de los viejos políticos y terminan reproduciendo exactamente su lógica: construir una identidad alrededor del pueblo, hablar en su nombre y convertir su frustración en capital personal.

La diferencia es puramente tecnológica.

Antes necesitaban una tarima, una bandera y un mitin.

Ahora basta un estudio, un micrófono y un algoritmo.

Quizás la verdadera revolución no sea encontrar quién habla por el pueblo, sino dejar de aceptar que alguien tenga que hacerlo.

Anro Rivas
La Opinión de Anro Rivas | ClaveDigitalRD

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